Pàgina de suport als Blokes Fantasma, CSO a Barcelona en perill de desallotjament.

La propiedad privada no existe, las fantasmas si!

El acceso a la  vivienda se ha convertido en las últimas décadas en uno de los mayores problemas para las personas que vivimos en el Estado español. Una dinámica que se ha ido agravando desde la crisis del año 2008 y el estallido de la burbuja inmobiliaria, que lejos de servir de lección para la mayoría, se ha convertido en un incómodo recuerdo que es mejor esconder detrás de un tupido velo.

Sin embargo, actualmente, momento en el que los precios de la vivienda en propiedad ya han superado los precios previos al estallido de la burbuja, y los precios del alquiler están superando todos los récords conocidos hasta la fecha, parece más necesario que nunca hacer un ejercicio de memoria, y no solo acordarnos de la pasada crisis, sino ir más allá. Cabe preguntarnos en qué momento el lugar donde vivir (que no sobrevivir) se ha convertido en una mercancía. Así, podremos entender por qué el foco mediático de la problemática sobre la vivienda se sitúa en la okupación, y no en la mercantilización de esta necesidad básica.

La propiedad privada

El concepto de propiedad está arraigado en el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo. Estos sistemas económicos, políticos y culturales se apropian de la tierra, los recursos, los pueblos, las culturas, los cuerpos, la fuerza de trabajo, los medios de producción,… En las últimas décadas, la globalización ha propiciado los procesos de deslocalización industrial en el norte global y de extractivismo en el sur global. En nuestro contexto actual, las clases dominantes ya no extraen tantos beneficios de la explotación laboral y de los recursos, ya que los extraen de otros territorios. Ahora lo que vende, y de dónde se saca beneficio, es la vivienda: por eso los grandes empresarios y fondos de inversión han cambiado su foco – ya no invierten en fábricas y colonias industriales, sino en urbanizaciones y edificios residenciales.

En el panorama del norte global, tenemos que admitir que la caída de la URSS y el poder contra-hegemónico que ejercía frente a la doctrina neoliberal, nos dejó, hablando claro, en bragas. El período post-guerra fría, y siguiendo la estela de los pesos pesados del neoliberalismo conservador como Thatcher o Reagan, marcó una agenda a nivel global de implantación y asunción del discurso neoliberal que no ha encontrado un freno desde entonces.

La doctrina neoliberal ha sido muy hábilmente implantada, al no ser vendida como ideología, permeando así todas las capas del plano social y cultural, de manera que a día de hoy, nos encontramos perpetuando muchas de estas dinámicas y comportamientos sin ser siquiera conscientes de ello, y nuestra percepción de la vivienda no ha escapado a esta lógica.

En el ámbito del Estado español, el ideal de la “España de propietarios” fue ferozmente implantado en un primer momento por la dictadura franquista, y ha seguido siendo promocionado por el régimen del 78, independientemente del partido que gobernase en cada turno.

La doctrina neoliberal se ha ido abriendo paso y dejando tras de sí una serie de dogmas y mantras que hoy lo impregnan todo y que, dando una de cal y otra de arena, dibujan el panorama actual.

Por un lado, nos han vendido una ingenua fantasía: la meritocracia. Esa idea de que si nos esforzamos mucho y trabajamos duro vamos a conseguir todo lo que queramos. Esta idea, más allá de ser falsa al no tener en cuenta los condicionamientos estructurales que determinan totalmente las posibilidades de cada persona o grupo (clase, racialización, estatus legal, género, y un triste largo etcétera), es también una falacia por otros motivos.

Entre estos motivos, se establece la premisa del mérito y el progreso como algo individual, que depende únicamente de la persona, sin tener en cuenta que la sociedad en la que vivimos es algo más que una suma de individuos, que tenemos lazos de interdependencia que nos sostienen y nos influencian. Pero además, no se problematiza el fin en sí mismo de esta meritocracia. Actualmente, se da por hecho que a lo que todo el mundo aspira es a tener más dinero, comprar más, tener más cosas, es decir, que la propiedad privada es el fin en sí mismo de la meritocracia, igualando el ideal de bienestar con el de capacidad adquisitiva.

Por otro lado, este ideal del american dream, se ha ido nutriendo también de la narrativa del miedo, de la desconfianza hacia el futuro, la idea de que ningún otro sistema es posible, y que frente a este futuro aterrador solo nuestra actuación individual será capaz de salvarnos. Esta cultura del “sálvese quien pueda” obvia la capacidad colectiva para hacer frente a la distintas situaciones de la vida, y desdeña como ingenuas las iniciativas basadas en el apoyo mutuo, haciendo cada vez más difícil plantear soluciones colectivas de emancipación.

Corporativismo de propietarios Vs. Solidaridad de clase

Esta tendencia que estamos señalando, aplicada concretamente al mal llamado mercado de la vivienda, explican la situación en la que nos encontramos. La meritocracia y la cultura del “sálvese quien pueda” generan la falsa idea de que quien tiene propiedades es porque se lo ha currado. E incluso entre quienes no las tienen, pero aspiran a tenerlas en algún momento (aunque probablemente no lleguen a tenerlas jamás), se genera este corporativismo de propietarios que ve como una amenaza cualquier ataque a la propiedad privada, incluso la ajena, al pensar “algún día puede pasarme a mi”.

Un corporativismo de propietarios que rompe de lleno con cualquier atisbo de solidaridad de clase, ya que en vez de reconocernos con la persona que no tiene un lugar donde vivir, nos vemos reflejadxs en el gran propietario, en el rico, en el banquero, el youtuber o el famoso, porque eso es lo que aspiramos llegar a ser.

Bajo esta lógica, nuestra percepción sobre la propiedad ha virado totalmente, dejando de percibir al rentista como parásito, y pasando a ser una opción que todo el mundo comprende, justifica e incluso practica. Tenemos asumídisimo que las entidades financieras inviertan en propiedades inmobiliarias como reserva de valor, pero no solo son los bancos, empresas y fondos de inversión quienes ejercen esta práctica,…ya que hoy en día es perfectamente normal ver como personajes públicos como futbolistas (Cristiano Ronaldo, David Beckham, Andrés Iniesta, Lionel Messi,etc.) o cantantes (Rosalía, Manu Tenorio, David Bisbal, Aitana, Melendi, etc.) invierten en propiedades e incluso crean sociedades de inversión para la compra de bienes inmuebles, y, por qué no, hacerse un poco más ricos. 

Y sin embargo, socialmente, no hay un rechazo explícito a este tipo de prácticas, porque quizás algún día, pensamos, podremos ser nosotrxs. Esto genera que cada unx, en su respectivo nivel de capacidad, intentemos hacer un poco lo mismo.

Vemos como totalmente legítimo comprar un pisito para alquilarlo y complementar nuestra pensión o salario; vemos normal y positivo, cobrarle por una habitación a una amigo y sacar un sobresueldo; normalizamos que la solución a la precariedad del sistema actual, es una solución individual y que se debe basar en exprimir al que tiene menos que nosotrxs. Y de ahí a justificar los desahucios a personas que no pueden pagar el alquiler o la hipoteca, los desalojos en okupas, las empresas de matones,… solo hay un paso.

Nos convertimos, de este modo, en un eslabón más de este modelo, reproduciendo una dinámica que nos suma a nosotrxs mismxs en más miseria. En lugar de defender la vivienda como una necesidad básica que todo el mundo debería tener garantizada, en vez de imaginar sistemas distintos que hagan esto posible, en vez de señalar la precariedad de los salarios y las pensiones, en lugar de organizarnos y luchar por un modelo más justo, nos convertimos en engranajes del mismo sistema que nos exprime, y rompemos cualquier posibilidad de solidaridad de clase.

Pero nosotrxs no somos la Rosalía, somos de clase trabajadora y sabemos quién está a nuestro lado. Por eso, en vez de buscar la salida individual y aspirar a enriquecernos a costa de lxs demás, bajamos a parar el deshaucio de nuestra vecina y luchamos por una vivienda digna para todes.​​​​​​​

Okupación como herramienta política

¿Por qué la okupación es una herramienta de lucha que disputa las propias bases de la propiedad privada? Una vivienda okupada en tu barrio, es una casa menos que será convertida en un piso turístico o un alquiler de lujo. Es un freno a la subida de precios, no solo de la vivienda, sino también de los tomates en el supermercado y de los calcetines de la mercería. Es también una propuesta de vida más comunitaria, que rompe con el individualismo creciente que nos rodea. Es también una propuesta de autogestión y de responsabilización directa de lo colectivo. La okupación es un fin en sí mismo (al dar una vivienda a alguien que no la tiene), pero también es un medio, una de las formas más efectivas y directas de luchar contra la propiedad privada y el modelo de vida neoliberal.

Defender la okupación no solo implica defender la lucha por la vivienda como una necesidad básica, sino que defender los espacios okupados, que son un eje central de la militancia política desde las disidencias, es también un ejercicio de resistencia y de lucha por la autonomía. La trayectoria en Europa, donde compañerxs de otros territorios ya han presenciado y padecido las dinámicas de desalojos y cooptación de los espacios okupados por parte del Estado (y como este proceso ha resultado en la completa aniquilación política de los movimientos disidentes y autónomos), debería ponernos en alerta. Ya que de esta manera, se ha imposibilitado así su articulación desde espacios propios, limitando la actividad política a espacios cedidos por el Estado, y por tanto, a iniciativas consentidas por este. Este proceso debería ser una advertencia para otros territorios como el Estado español, y servir de revulsivo para defender aún más la okupación.

Podemos llegar a estar tan inmersos en la lógica del mundo capitalista (y cada vez más individualista) que a veces las ideas más sencillas se nos pueden olvidar. Mientras exista propiedad privada, mientras existan dinámicas de poder, mientras el simple hecho de vivir implique tener que pagar, mientras nos exploten y nos repriman,…  luchar es algo esencial. Okupar es y seguirá siendo una herramienta de denuncia y de rebelión. Okupar tiene que seguir siendo la forma no solo de poder vivir de forma digna, si no de abrir espacios que escapen de las lógicas mercantiles y que pueden proponer otras formas de relacionarse, de socializar y de dar espacio a diferentes luchas, a una cultura alternativa a la oficial.

Nos sobran los motivos para defender la okupación. Nos sobran motivos para luchar contra el capitalismo, contra la exclusión, contra el racismo, contra el poder.

Por eso, y más fuerte que nunca, gritamos “ Amb Blokes no podreu, totes som fantasmes!»

La ciudad es nuestra

Después de 31 años de okupación, el propietario de Blokes Fantasma ha emprendido acciones legales para desalojarnos. Quiere destruir un proyecto de […]